No podemos tener canicas (lenguaje monedas alternativas)

NO PODEMOS TENER CANICAS

(El lenguaje de las monedas alternativas)

Introducción.

¿Somos nosotros quienes tenemos dinero o es el dinero quien nos tiene a nosotros? Es difícil precisar en qué medida una comunidad manipula dinero o en qué medida el dinero manipula a la comunidad. Sabemos que un dinero acumulable y sin fecha de caducidad fomenta el acaparamiento y el egoísmo en la comunidad. También sabemos que un dinero anónimo enerva el individualismo y la desconfianza y que un dinero que se reproduce a sí mismo incesantemente, al ritmo vertiginoso de un interés compuesto, empuja a la producción y el consumo desbocados y al agotamiento de los recursos naturales de la comunidad.

La influencia del dinero sobre nuestro inconsciente es más profunda de lo que nos gustaría aceptar. Frases como “mi hijo vale mucho”, “la fruta es beneficiosa para la salud” o “cuesta muy poco ser amable” revelan el grado de polución del lenguaje que usamos inconscientemente. En el envoltorio de cada una de estas frases advertimos que hay conservantes y colorantes del capitalismo, trazas de euros y de dólares. Lo que se dice en estas frases de Juan, de la fruta o las relaciones de vecindad en contextos tan aparentemente desprendidos del dinero (el amor filial, lo saludable y la amabilidad) está inconscientemente intervenido por tres magnitudes económicas que se miden con dinero: valor, beneficio y coste[1].

El dinero ha contaminado el lenguaje, el río del que bebe nuestro pensamiento. No es nada nuevo. Lo lleva contaminando desde hace miles de años. Desde antes de que conociéramos la escritura[2]. Por ejemplo, la costumbre de usar el genérico patriarcal “nosotros” para referirnos a colectivos de hombres y mujeres tiene mucho que ver con el dinero. El patriarcado se nutrió en su origen de la conversión de la mujer en dinero[3]. Literalmente en dinero, no es una metáfora. También los hombres se convertían en dinero pero la mujer era una moneda mucho más apreciada por la razón de que podía engendrar más monedas de la nada. Esta es la lógica que se esconde detrás del interés del dinero, esa reproducción milagrosa de un euro mensual a partir de diez euros prestados, y viene de los tiempos en que el dinero que se prestaba podía quedarse preñado de verdad[4].

El dinero y el lenguaje son como nuestra respiración, funciones que operan a un nivel inconsciente la mayor parte del tiempo. En otras palabras, que operan más sobre nosotros que nosotros sobre ellas[5].

La respiración es una función corporal inusual, ya que es a la vez involuntaria y voluntaria.

La respiración se gestiona en el inconsciente, pero en cualquier momento podemos tomar los controles y conscientemente cambiar la forma en que respiramos. Podemos hacer nuestra respiración superficial o profunda, rápida o lenta, o podemos optar por dejar de respirar por completo (hasta que no podamos más y el inconsciente se haga cargo de nuevo)[6].

Gracias a la moderna tecnología científica ha quedado ya acreditado lo que millones de personas practicantes del “arte de respirar bien” han sabido desde hace milenios: que las técnicas de respiración consciente mejoran el rendimiento intelectual y el bienestar físico y emocional; previenen enfermedades cardiovasculares e intestinales; combaten el estrés, etc. La utilidad del aprendizaje y ejercicio del control consciente de la respiración no requiere demostración. Quién más y quién menos ha aplicado alguna vez en su vida alguna técnica de control consciente de la respiración para concentrarse, aplacar un episodio de ira o parar un ataque de pánico… La idea es simple y funciona: si el estrés, la ira y el pánico agitan nuestra respiración, una respiración pausada nos llevará de vuelta a un estado de calma y relajación.

Pues bien, cuando usamos en un discurso el genérico femenino “nosotras” en lugar del genérico masculino “nosotros”, estamos aplicando exactamente el mismo principio: Estamos llevando al plano consciente nuestro lenguaje inconsciente. Y funciona. Notamos que el patriarcado disminuye en nosotras como el pánico disminuye en quien respira hondo.

Hace año y medio, la RCA decidió promover la creación de una moneda llamada “canica”. Una moneda no acumulable y de uso estrictamente nominal que no produce intereses. Lo que la RCA intenta probar, siguiendo el procedimiento aplicado con éxito con la respiración y el lenguaje, es si el uso de dinero con estas características puede contribuir a la formación de comunidades solidarias, cooperativas y cuidadosas con el medio ambiente.

Aún es pronto para sacar conclusiones –la canica se hizo pública en febrero de 2015- pero en este año y medio de preparación y ensayo interno de la canica hemos podido constatar ya la profunda conexión del dinero con el lenguaje. La canica es una moneda libre, diseñada para que nadie la pueda tener. Es imposible tener canicas. Sin embargo, todavía después de año y medio nos seguimos viendo con canicas cuando anotamos un intercambio en nuestra cuenta. Este fenómeno por el que vemos canicas que no se pueden alcanzar con la mano es un espejismo del lenguaje, es el lenguaje engañando a nuestros sentidos y a nuestra razón. Nuestro lenguaje inconsciente no está programado todavía para una moneda que no se puede tener y continúa poniendo automáticamente en nuestra boca un “tengo” antes de la cuantía y la divisa (“tengo 10 euros”, “tengo 10 dólares”, “tengo 10 canicas”, etc.) Lo asombroso es que, probablemente, todo el sistema de emisión de moneda capitalista controlado por bancos y estados dependa de este automatismo del lenguaje. Esa es la conclusión a la que hemos llegado nosotras, al menos, hacia el final de este artículo. Pero antes es importante que expliquemos por qué nadie puede tener canicas.

No podemos tener canicas.

Los manuales convencionales de economía suelen definir el dinero como un “medio de cambio con dos funciones, medida de valor y reserva de valor”.

No consideran como una tercera función del dinero su utilidad como medio de cambio sino que consideran que el dinero es en sí mismo un medio de cambio. Tampoco parecen contemplar que las posibles funciones del dinero no tienen por qué darse a la vez en una moneda. Enseguida veremos que esta definición estándar está afectada por una miopía que sólo alcanza a ver el dinero más cercano en el tiempo, las monedas capitalistas (euros, dólares, etc.)

Para explicar por qué no podemos tener canicas manejaremos nuestra propia definición de dinero, una definición que no encontraremos en ningún manual convencional:

El dinero es un instrumento que puede servir indistintamente como medio de cambio de productos, medio de acumulación de capital o unidad de medida de valor por acuerdo libre de su comunidad de usuarios o por coerción de una organización.

Efectivamente, el dinero puede servir para tres cosas (medir el valor de productos[7], acumular capital y como instrumento de cambio) pero estas utilidades[8] no tienen por qué darse en una sola moneda. Veamos:

El dinero oxidable -también llamado de interés negativo porque se deprecia periódicamente hasta que finalmente caduca- es una demostración muy práctica de cómo una moneda puede ser extremadamente útil como medio de cambio y al mismo tiempo completamente inútil como medio de acumulación de capital. Los experimentos históricos con moneda oxidable[9] sugieren además una conclusión incómoda para los escribanos de la economía convencional: apuntan a que una moneda es tanto más eficiente como medio de cambio cuanto menos eficiente sea como reserva de capital. A fin de cuentas, tiene sentido que una moneda que se pudre como una patata cambie de manos con mucha más fluidez en el mercado que una moneda que no se estropea aunque la tengas veinte años guardada en una caja.

Esta última imagen, monedas canjeándose por productos en un mercado, vale mucho más que mil palabras para explicar el funcionamiento del dinero como medio de cambio. Es la imagen de la compraventa, un tipo de intercambio muy particular entre dos partes –una compradora y otra vendedora- que concluye con una transacción muy específica: el pago. Más concretamente, el pago con dinero. En una compraventa, el dinero siempre cambia de mano entre las dos partes que cierran la transacción. Decimos que el dinero actúa en esas transacciones como medio de cambio porque es lo que materialmente se canjea por el producto en venta.

Pero este no es el caso de monedas que, como la canica, son creadas por comunidades con sistemas de crédito mutuo[10]. La canica no tiene esa función de medio de cambio. En nuestra comunidad no hay un comprador que entregue canicas a un vendedor. El dinero nunca cambia de mano. No hay pago de ningún tipo[11]. La transacción siempre queda abierta. Lo que sucede en nuestra comunidad es lo siguiente: cuando una socia da un producto a otra, se anota en un sistema único de contabilidad pública el valor de ese producto expresado en canicas. El valor se anota como crédito en la cuenta de quien dio el producto y como débito en la cuenta de quien lo recibió. Pongamos que quien entregó el producto se llama Laura y quien lo recibió Jose y que el valor del producto en cuestión es de diez canicas. La anotación contable de +10ç en la cuenta de Laura y de -10ç en la cuenta Jose no significa que Jose le deba a Laura diez canicas[12]. Significa que Jose le debe a la comunidad un producto por valor de 10ç y la comunidad le debe a Laura un producto por valor de 10ç. Para obtener productos por valor equivalente a su crédito Laura puede recurrir indistintamente a Jose (en un momento futuro[13]) o a cualquier otra socia que oferte productos en la comunidad cuando quiera. Los intercambios en la comunidad no son bilaterales, como en la compraventa, sino multilaterales. Por eso decimos que una transacción siempre queda abierta en la comunidad, porque es un eslabón de la siguiente transacción en una cadena de transacciones en constante construcción.

Los intercambios multilaterales vienen a ser una forma de socialización de deuda. En lugar de cargar sobre Jose la obligación de devolver a Laura productos y servicios por valor de 10ç, la comunidad entera asume solidariamente esa obligación. El mismo principio rige si en lugar de un libro se intercambia un piso valorado en 300.000ç. La obligación de devolver a Laura productos por valor de 300.000ç continúa siendo de la comunidad, no de Jose exclusivamente. No ha habido compraventa. Laura no ha vendido su piso a Jose ni tiene trescientas mil canicas. No ha habido pago. ¿Quiere decir esto que la canica no está funcionando para Laura como acumulador de capital? No. La canica estaría funcionando perfectamente como acumulador de capital si a Laura le fuera fácil convertir su saldo acreedor otra vez en bienes valorados en 300.000ç[14]. Lo que hace que el euro[15] sea una moneda que funciona tan bien como acumulador de capital no es el hecho de que trescientos mil euros quepan en un maletín de mano sino el hecho de que esos euros pueden convertirse muy rápidamente en una casa valorada en 300.000€, o tres coches valorados en 300.000€, etc. Tener trescientos mil euros o un crédito de productos y servicios valorados en 300.000€ es como no tener nada si no hay forma de convertirlos en productos, bienes o servicios[16].

En conclusión, un dinero que no funciona como medio de cambio ni como acumulador de capital es, en rigor, una unidad de medida. Sirve para medir valores, igual que el kilo sirve para medir pesos o el metro sirve para medir longitudes[17]. No se pueden tener canicas por la misma razón que no se pueden tener metros o kilos. Se puede tener una tela de 5 metros de longitud y un 1 kilo de peso valorada en 20 canicas. Pero decir “tengo 20 canicas” una vez que intercambias la tela es dejar una frase inacabada, tan incompleta como “tengo 5 metros” o “tengo 1 kilo”. En nuestro lenguaje consciente, las canicas deben ir siempre en relación a aquello que mide, bienes y servicios, como hacemos con los kilos y los metros. Es el lenguaje del capitalismo quien habla por nosotras cuando decimos en voz alta “tengo canicas”. Dicho de un modo más inquietante, es el capitalismo quien nos piensa cuando decimos “tengo canicas”.

Se estima –aunque nadie lo sabe con precisión- que solo con el dinero que circula por los mercados financieros internacionales se podrían comprar diez veces la totalidad de productos y servicios ofertados en los mercados de todo el mundo. Nosotras, sin embargo, sabemos en todo momento con exactitud cuántas canicas circulan por nuestra comunidad: exactamente cero. No nos hace falta recurrir a ninguna fórmula algorítmica para calcular nuestro cómputo global de canicas porque cada intercambio en la comunidad se registra como un apunte contable de débito y otro de crédito, es decir, cada intercambio suma cero canicas. Por lo tanto, todos los intercambios realizados dentro de la comunidad sumarán siempre un total de cero canicas[18]. Y, sin embargo, la comunidad podría haber generado con estos intercambios bienes valorados en millones de canicas.

De la imposibilidad de tener canicas se deduce la imposibilidad de “prestar canicas”, “deber canicas”, “pagar canicas” y otras alucinaciones similares provocadas por nuestro lenguaje inconsciente. La mejor manera de convencerse de que lo teorizado hasta ahora es cierto es ponerlo a prueba en la práctica, usando el sistema de crédito mutuo para intercambiar canicas, como si de verdad pudieran tenerse. Una operación de intercambio de canicas se registraría en el sistema exactamente igual que la operación de intercambio del libro de Laura y Jose. En la casilla “descripción” de la operación, Laura y Jose anotaron “libro” y en la casilla “valor” anotaron “10”. Automáticamente, el sistema realizó un doble apunte: +10ç en el saldo de la cuenta de Laura, (que entregó el libro y, por lo tanto, obtuvo un crédito de productos valorados en 10ç en la comunidad) y -10ç en el saldo de la cuenta de Jose (que recibió el libro y, por lo tanto, contrajo una deuda con la comunidad de productos valorados en 10ç). Si quisiéramos que el producto intercambiado sean diez canicas valoradas en 10ç en lugar de un libro valorado en 10ç, bastaría con cambiar en la casilla “descripción” el concepto “libro” por el concepto “diez canicas”. Nos encontraríamos inmediatamente con varios absurdos ruinosos. En primer lugar, ¿dónde están las diez canicas? Inútil mirar en los bolsillos. Si las canicas existen, desde luego no es en un estado sólido de la materia, como los billetes o los metales acuñados. ¿Dónde están entonces las diez canicas, en los saldos de las cuentas? Obviamente, no. Igual que sucede con un libro o con cualquier otro producto, quien supuestamente dio las diez canicas tendrá anotado +10ç y quien supuestamente las recibió -10ç. ¿Dónde están las canicas, pues? Estén donde estén, lo cierto es que no las podemos tener. El absurdo se agiganta si nos preguntamos para qué querría nadie estas diez canicas fantasmagóricas. ¿Para adquirir un producto (un libro, por ejemplo) valorado en 10ç que incrementará el saldo negativo en otros -10ç en lugar de balancearlo a 0ç? Intentar tener diez canicas es cosa de locos[19]. Es como intentar agarrar aire con la mano.

Epílogo

Cuando decimos que intentar tener canicas es como intentar agarrar aire con la mano lo decimos en un sentido mucho menos retórico de lo que parece. Sucede que este dinero alternativo, que existe pero no se ve ni se puede tener, está sustancialmente hecho de palabras. Es un acuerdo verbal, es aire que se registra en un soporte material mediante la anotación de símbolos arbitrarios, es decir, aire convertido en escritura. El primer dinero de la historia de la humanidad fue muy probablemente un sistema de crédito mutuo escrito en tablillas de arcilla.

La noción del dinero como un acuerdo social no es nueva. Aristóteles ya la formuló en su Política hace 2.300 años. Esta noción sitúa al dinero en la esfera del lenguaje, como una especialización de éste en el ámbito de los intercambios económicos, y pone en primer plano la relevancia del tema de este artículo.

Lejos de lo que establecen los manuales convencionales de economía, los metales acuñados y los billetes posteriores a las tablillas de arcilla no son un perfeccionamiento de éstas ni la consecuencia de un salto evolutivo en la capacidad de abstracción del ser humano. Desde luego, no si se identifica el término “evolución” con “mejora”. Los metales acuñados y los billetes son todo lo contrario a la abstracción, son una materialización del dinero[20] y representan una regresión histórica de 500 años[21] en la comprensión social del dinero de la que quizá ahora podamos empezar a salir. Hace tan sólo 40 años todas las monedas occidentales eran metálicas, estaban basadas en el patrón oro[22]. En la actualidad, ni siquiera hay un “patrón papel”. El dinero capitalista es prácticamente humo. De todos los euros existentes hoy en Europa sólo un 10% son euros en efectivo, es decir, billetes y monedas de euro[23]. Además, los bancos de la Unión Europea sólo están legalmente obligados a tener el 2% de efectivo en caja de los saldos de nuestras cuentas[24]. Si damos la vuelta a estos porcentajes y los expresamos en términos de “euros que no existen en efectivo[25]”, nos encontramos con que entre el 90% y el 98% de los euros que circulan diariamente a través del sistema bancario de la Unión Europea son euros como la canica. No se pueden tener. Las operaciones efectuadas con tarjetas de crédito, transferencias, domiciliaciones de recibos, etc., no son más que anotaciones en cuentas que restan o suman el valor en euros de productos intercambiados. ¿A qué nos suena esto? La comunidad del euro no es más que un masivo sistema de crédito mutuo trucado. Cuando vamos a una librería y compramos un libro valorado en 10€ se anotan -10€ en nuestra cuenta bancaria; cuando vamos a una frutería y compramos plátanos valorados en diez euros se anota –10€ en nuestra cuenta, etc. Un procedimiento idéntico al de las cuentas de la canica, con una excepción: cuando vamos a un banco y compramos euros valorados en diez euros el sistema anota +10€ en nuestra cuenta[26]. El euro es el único producto del sistema de anotación virtual bancario cuya venta se anota en la cuenta del comprador con un apunte positivo. ¿Cómo es posible? No lo es. Se ha trucado el apunte, nada más. Veremos nítidamente cómo y por qué con el siguiente supuesto. Supongamos que un cliente al que le han anotado +10€ en su cuenta bancaria por comprar euros sólo usa esta cuenta una vez más, y sólo esa vez, para comprar un libro valorado en 10€. ¿Qué pasará? Que en diez meses, aproximadamente, su saldo será de -11,50€. Le habrán anotado -10€ por la compra del libro y -11,50€ en cómodos plazos mensuales de -1,15€ (en concepto de principal más intereses de aquélla lejana compra de diez euros). Lo primero que salta a la vista es que la adquisición del libro en nuestra comunidad hubiera resultado en una anotación de -10ç en la cuenta del adquiriente, no de -11,50ç. Pero ese 15% es una bagatela, una diferencia cuantitativa. El banco no trucó el apunte para sacar un beneficio del 15% sobre la deuda principal sino para apropiarse del principal entero. Después del trucaje, la diferencia sustancial, no cuantitativa, entre ambos sistemas es que la deuda de productos valorados en 10ç se tiene con la comunidad mientras que la deuda de productos valorados en 11,50€ se tiene con el banco. Si el usuario del euro no puede balancear el saldo negativo y dejar a cero la cuenta, el banco le arrebatará bienes valorados en 12,30€ (hemos sumado ya los intereses de demora). Si el usuario de la canica no puede balancear un saldo negativo, la comunidad se hace a un tiempo acreedora y responsable solidaria de la deuda. En síntesis, la comunidad del euro no es más que un masivo sistema de crédito mutuo trucado para privatizar un crédito que pertenece legítimamente a toda la comunidad. Si el método de anotación no estuviera trucado, las usuarias se percatarían enseguida de lo absurdo que es comprar moneda en un sistema de crédito mutuo, donde el dinero no es un medio de cambio sino una unidad de medida de valor. El apunte negativo de nuestras compras innecesarias de euros acabará siempre aflorando, pero diluido ya en el tiempo, fragmentado y mezclado entre otras decenas de apuntes para pasar lo más desapercibido posible.

La expresión “compra innecesaria de euros” nos conduce a la pregunta: ¿hay compras necesarias de euros? Nos referimos a la porción de euros que sí son medio de cambio, a los euros en efectivo, no a esos símbolos de sistemas de anotación en cuentas telemáticas con los que registramos entre el 90% y el 98% de nuestros intercambios de productos. La respuesta es no. De los euros que sí se pueden tener en la mano, y que representan sólo entre el 2% y el 10% del total de euros anotados en el sistema, se podría prescindir sin problema. En la U.E. hay medios tecnológicos de sobra para mantener un sistema de crédito mutuo al 100%. ¿Por qué continúa emitiéndose moneda metálica? La moneda metálica es imprescindible sólo para una cosa: para perpetuar en el inconsciente de las comunidades de usuarios la falsa idea de que una moneda es necesariamente una cosa material, tangible, que se puede tener[27]. Porque esta es la condición para que el dinero se pueda comprar y vender con un margen de beneficio: que se pueda tener. El dinero en efectivo sobrevive en la Europa del siglo XXI como una forma de manipulación del lenguaje. Esta es su principal razón de ser, muy por encima de su anecdótica utilidad para evadir impuestos.

A propósito de los impuestos, es el momento de incidir en una parte de nuestra definición de dinero, aquella parte que dice: “por acuerdo libre de su comunidad de usuarios o por coerción de una organización”. El euro es la moneda que más circula en los mercados de la Unión Europea porque los habitantes de este territorio están obligados a pagar impuestos y multas del Estado con ella, no porque sea una moneda predilecta. Esta es la forma en que el dinero capitalista se fue inoculando en las venas de la sociedad a partir del siglo XVI, violentamente, por la vía tributaria. El negocio de Estados y bancos siempre fue la extorsión y de esta época data su hermandad, su alianza estratégica mantenida sin fisura hasta nuestros días. El lenguaje de la coerción sólo requiere el modo imperativo del verbo para hacerse entender. Pero la violencia, por sí misma, no es garantía de estabilidad. Así que, alrededor del siglo XVI, estas organizaciones criminales empezaron a comprender que los regímenes basados en el monopolio de la violencia sobre un territorio se perpetuaban mejor convenciendo a las víctimas de que su condición miserable era fruto del libre acuerdo, no de la coerción. La doctrina del Leviatán, según la cual la cesión de la libertad individual al Estado es un pacto social a cambio del que se obtiene seguridad, se sembró poco después y continúa dando fruto ahora[28]. Y en estas andamos, firmando a diario pactos libres entre iguales que nos convierten en esclavos: el contrato hipotecario, el contrato de trabajo, el contrato social…

¿Sabemos lo que firmamos? Claro que no. El número de europeos del siglo XXI que realmente tiene una pista sobre cómo se fabrica y se pone en circulación un euro es menor en relación proporcional al número de europeos del siglo II antes de cristo que sabía cómo se acuñaba y se ponía en circulación un denario romano[29]. Las comunidades sometidas al imperio romano acostumbraban usar su propio dinero al margen del dinero emitido por las autoridades para multitud de transacciones, sobre todo para sus intercambios cotidianos. ¿Por qué somos la sociedad que menos entiende de dinero de la historia y sin embargo somos la sociedad que más depende de él? El euro no es uno más de los contratos fraudulentos que firmamos diariamente y que son máscaras de la coerción. Recordemos que el dinero es causa y efecto, es lenguaje, una creación social que tiene la capacidad de modelar la sociedad, nuestra forma de pensar. Un dinero que no se comprende modela una comunidad ignorante. Un dinero controlado por élites modela comunidades sumisas.

La imagen que mejor retrata a una comunidad ignorante y sumisa es una cola ordenada de millones de personas esperando a depositar su voto en una urna para elegir representantes parlamentarios. Sumisa, porque las elecciones de representantes cada cuatro años no son más que las ceremonias de renovación cuatrienal de una renuncia fatal: la renuncia a la capacidad de decidir. Ignorante, porque a esa ceremonia litúrgica de la renuncia a decidir le llaman “democracia”. ¿Cómo llegó a designar la palabra “democracia” lo contrario de lo que debería significar?

“El lenguaje no solo es el elemento por el cual dotamos de sentido a nuestra realidad inmediata, sino que también nos constituye como sujetos, articulando nuestras identidades, individuales y colectivas. Por lo tanto, adquiere automáticamente un marcado sentido político. A su vez, es una construcción social que se reproduce y reconfigura constantemente. Es plástico y maleable, como la propia identidad subjetiva.

[…] ante el centrifugado de lo real y el vacío de sentido que promueve el poder acaso sea la revolución devolver el significado a las palabras, provocar un desplazamiento de los significados para el que no hallaríamos genealogía alguna[30]”.

En un sentido estrictamente genealógico, sufrir una dictadura es vivir al dictado de palabras ajenas, de palabras de otros. Quien no es capaz de señalar y discutir estas palabras no puede alcanzar una comprensión de la realidad distinta a la dictada.

Y toda revolución comienza así, como una comprensión distinta de los fenómenos sociales cuya puerta de acceso es el lenguaje.

No podemos tener canicas.

Malouney.

[1] El grado de polución se destaca más al comparar cada frase con una versión equivalente pero en desuso: “Mi hijo Juan es muy bueno”; “la fruta es saludable”; “ser amable no requiere esfuerzo”.

 

[2] Más aún, es muy probable que el dinero fuera la musa de la creación de la escritura: los vestigios más antiguos conservados de escritura son apuntes contables. Parece ser que la palabra “trigo” no la escribió por primera vez un poeta sino un recaudador de impuestos.

 

[3] La esclavitud no es sólo la conversión de una persona en objeto. Es aún peor, es la conversión de una persona en mercancía, en objeto intercambiable. Hubo lugares de la antigüedad en que esta mercancía en cuestión se hizo tan popular que llegó a convertirse en dinero, es decir, en una mercancía de referencia para fijar el precio de otras mercancías y en un medio de cambio (este barco vale 100 esclavos, esta finca 50 esclavos, etc.) Los prisioneros de guerra eran reducidos a la esclavitud pero la guerra no fue la única ni la principal cantera de esclavos de la antigüedad. La principal cantera fue la deuda con prestamistas. Sobre esta cuestión recomendamos el excelente libro de David Graeber “En Deuda (una historia alternativa de la economía)”. Destino cruel el de quien por no poder pagar mercancía se convierte en mercancía.

 

[4] El ganado vacuno también fue usado como dinero.

 

[5] Citando a Heidegger: El hombre actúa como si fuera el creador y el dueño del lenguaje, cuando es éste su señor. […] es bueno que uno sea cuidadoso con la propia habla. Pero esto solo no puede sacarnos de la inversión, de la confusión sobre la verdadera relación de dominio entre el lenguaje y el hombre. Pues de hecho es el lenguaje el que habla. El hombre empieza a hablar y el hombre sólo habla en la medida en que responde al lenguaje y se corresponde con él, y sólo en cuanto oye al lenguaje dirigirse a él, concurrir con él. Martin Heidegger. “…Poéticamente habita el hombre…”, 1954.

 

[6] Texto extraído de un manual anónimo de hábitos de vida saludables.

[7] Por productos entendemos bienes y servicios.

 

[8] ¿Es útil la función de acumulación de capital? Sí, siempre que esta función se use para aquello en lo que es específicamente útil: facilitar intercambios de capital no financiero (bienes inmuebles, maquinaria pesada, tierras de labranza, etc.) También, por ejemplo, para facilitar intercambios intercomunitarios de materias primas (en el argot capitalista, exportaciones e importaciones). No hay que confundir la “función de acumulación de capital” del dinero con la circunstancia coincidente de que una moneda, como el euro, también se pueda acumular. Como veremos más adelante en este mismo capítulo, una moneda no acumulable como la canica puede funcionar también como acumulador de capital.

 

[9] El más famoso, el de la localidad austriaca de Wörgl, en 1932, prohibido y desmantelado por el Estado en 1933 para proteger la moneda oficial de su banco central, el Schilling.

 

[10] Un nombre más meticuloso para estos sistemas sería “sistemas de crédito y débito mutuo”. Las monedas de los sistemas de crédito mutuo son también monedas de dos caras (crédito y deuda) ya que quien concede un crédito genera automáticamente una deuda. Sin embargo, si atendemos al origen etimológico de la palabra “crédito” (credere, creer, en un sentido más cercano a “tener confianza”) la denominación “sistemas de crédito mutuo” es adecuada. “Sistemas de confianza mutua” sería aún mejor, en nuestra opinión, aunque continuaremos usando la denominación por la que estos sistemas son más conocidos.

 

[11] Al principio de este capítulo hablábamos de la miopía de los manuales de economía que definen el dinero como un medio de cambio. La miopía pasa directamente a la tendenciosidad cuando definen el dinero como un medio de pago, como hacen muchos.

 

[12] Como aún no hay acuerdo asambleario sobre el símbolo de la canica, usaremos provisionalmente la cedilla (ç).

 

[13] Si Jose tuviera en el mismo momento del intercambio un producto por valor de 10 canicas que le interesara a Laura, se hubieran limitado a hacer un trueque.

 

[14] Esto no es posible ni siquiera deseable, de momento. Por acuerdo de la Asamblea de nuestra comunidad, las socias no pueden deber productos por valor de más de 300ç ni pueden ser acreedoras de productos valorados en más de 300ç. Planteamos el caso hipotético del piso para apoyar el argumento de que una moneda no acumulable puede servir como acumulador de capital, si una comunidad de usuarias lo acuerda así.

 

[15] La palabra “euro” en este artículo puede interpretarse también como sinónimo de “moneda capitalista”, intercambiable por “dólar”, “yen”, etc., salvo en las ocasiones en que el contexto geográfico se ciñe a los territorios de la U.E.

 

[16] Para una mayor claridad expositiva, en todos los casos hipotéticos en que se cruzan valores en canicas y euros partiremos de una paridad tácita de 1:1 que no tiene por qué darse en la vida real. Lo importante aquí no es la proporcionalidad entre el valor medido en euros y el valor medido en canicas de un objeto (un libro, por ejemplo) sino que se comprenda que tanto canicas como euros se están usando como unidades de medida del valor del libro.

 

[17] Canica, metro y kilo son unidades arbitrarias de medida aceptadas de mutuo acuerdo por la comunidad para medir el valor, la longitud y el peso de los productos que intercambiamos.

 

[18] El intercambio de un libro valorado en 10ç suma cero canicas en la comunidad (+10ç en la cuenta de Laura y -10ç en la cuenta de Jose). Una compraventa con pago en euros es completamente diferente. En la contabilidad particular de Laura y Jose vendría a ser lo mismo, +10€ y -10€, pero en el cómputo global de la comunidad de usuarios del euro hay que anotar un +10€ adicional, que corresponde a los diez euros que han sido impresos, fabricados como medio de cambio para que pueda efectuarse el pago. Este +10€ se lo apunta el banco normalmente. La cosa no es tan simple, claro. Lo normal es que Laura y Jose usen para el pago un billete de diez euros que ha sido usado anteriormente en cientos de ocasiones para otros pagos, no uno creado expresamente para la ocasión. Esta circunstancia reduce significativamente la anotación de +10€ en el cómputo global de la comunidad de usuarios del euro pero mantiene intacta la dinámica de acumulación desigual de dinero capitalista entre los miembros de una comunidad. A esta circunstancia hay que añadirle otro factor, la estafa legal conocida como reserva fraccionaria bancaria, que permite a los bancos hacer préstamos de euros que no tienen por una cuantía del 98% del valor facial de los euros en efectivo que tienen depositados en sus cajas fuertes.

 

[19] Un espabilado que intentara estafar a la comunidad jamás intentaría tener diez canicas. Activaría una cuenta falsa para anotar el intercambio de un producto imaginario con su cuenta auténtica, generando así de forma fraudulenta un crédito con la comunidad de productos valorados en 10ç.

 

[20] En concreto, su materialización mercantil, su mutación en mercancía.

 

[21] El auge de la conceptualización materialista del dinero mercancía se puede situar a principios del siglo XVI, justo tras el descubrimiento de América y la explotación salvaje de los recursos de plata y oro del continente virgen. Fue en esta época cuando empezaron a forjarse los grandes monopolios capitalistas y estatales que nos dominan hoy. No es casualidad. Los períodos de la historia en que ha proliferado el dinero mercancía son períodos caracterizados por el dominio sobre la población de férreas estructuras estatales militarizadas en connivencia con monopolios económicos (comerciales, bancarios, industriales…).

 

[22] El gobierno de Estados Unidos sacó al dólar del patrón oro internacional en 1971, durante el mandato presidencial de Nixon.

 

[23] A este porcentaje se le denomina “coeficiente de efectivo”. Incluye los euros en efectivo guardados en las cajas de los bancos y los guardados fuera de ellas (en las billeteras, en el cajón de la cómoda, debajo del colchón, etc.)

 

[24] A este porcentaje se le denomina “coeficiente de caja”. Cada vez que un cliente A deposita un billete de 10 euros en una cuenta bancaria el banco puede hacer un préstamo a otro cliente B de 9,80€. El efecto se multiplica cuando los 9,80€ de B van a parar a la cuenta de C para realizar un pago. Automáticamente, el banco puede hacer otro préstamo de 9,60€ a D, etc. Al final, si todos los clientes del sistema bancario decidieran convertir simultáneamente su saldo en euros en efectivo sólo podrían percibir, entre todos, un 2% del total de sus depósitos. Es un clásico esquema de estafa piramidal, basado en la improbabilidad estadística de que todos los clientes del sistema vayan a querer retirar sus fondos a la vez.

 

[25] Una óptica estadística que el banco central europeo y los “estados miembros” evitan a toda costa.

 

[26] Un préstamo con intereses no es más que una venta de dinero a plazos. El siguiente pasaje de la extraña novela titulada “El atraco del milenio”, lo explica concisamente: La esencia de un préstamo es que la cosa que fue entregada sea exactamente la misma o, por lo menos, indistinguible de la cosa que se devuelve. Doy por hecho que, si “presto” un par de huevos a mi vecino, éste no me devolverá los mismos dos huevos que le entregué. Espero dos huevos muy parecidos. Igual me pasa con el dinero. Doy por hecho que, si presto diez dólares a un amigo, éste no me devolverá el mismo billete que le entregué. Espero diez dólares muy parecidos. Los bancos, sin embargo, esperan 11,50$. Y eso no es un préstamo, Jim. Eso es una venta a plazos, con la peculiaridad de que la mercancía en venta es a la vez el medio de cambio. Un “préstamo” de 10 dólares con un interés del 15% es en realidad una compra a plazos de 10 dólares por el que te han cobrado 11,50$. De muy pocas mercancías se puede decir con tanta certeza como del dinero que te han cobrado mucho más de lo que vale pero de ninguna se puede decir con tanta precisión cuánto te han cobrado de más. Quizá por eso siguen llamando “préstamo” e “interés” a lo que no es más que venta de dinero y margen de beneficios, para que la gente no vea tan claramente que le están cobrando 160.000$ por billetes de dólar valorados en 100.000$. Albert Mason. El atraco del milenio.

 

[27] También para evadir impuestos, por supuesto. Una moneda que circula por cuentas telemáticas nominales es rastreable. El dinero en efectivo es moneda anónima que no deja rastro de sus usuarios anteriores.

 

[28] El célebre Leviatán de Hobbes se publicó en 1651.

[29] No hay forma de probar esta afirmación -de la que, por lo demás, estamos convencidos- pero al enunciarla no se trata tanto de establecer un hecho como de poner a prueba nuestros conocimientos sobre el euro. ¿Qué sabemos del euro?

 

[30] Antonio Orihuela Parrales. El Lenguaje Secuestrado. 2013. Revista Estudios, número 3.

 

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